El
copero se ha acercado a ti, que eres la doncella más hermosa de la
fiesta, y has dicho algo que, desde luego, no alcanzo a oír. El
copero se aleja, para continuar con el servicio. Yo sigo saludando y
conversando, pero te busco a cada instante con los ojos, y tú te
desplazas por todos los rincones, sonriente, rubia, sonrosada, en
incansable animación.
No
sé cuánto tiempo ha pasado. Una ligera angustia se apodera de mi.
Entonces cuando se aproxima el copero, y me ofrece esa sola copa,
cuyo contenido brilla como la turquesa. Yo sin la menor vacilación,
lo escancio de un sorbo. Y el escenario cambio de inmediato: ya no
esta ahí la fiesta, ni la gente, ni el copero. Solo tú(vos) y yo. Y
al llegar a tu lado, descubro que el color de tus ojos es el mismo
del néctar que el copero me ofreció, y que yo bebí como un
alucinado feliz.
David
Escobar Galindo 14 de febrero 1990
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