¡Salve a ti pequeña luminaria parpadeante en estás noches densas y
sigilosas de la guerra! Tu leve cuerpo de luciérnaga, apenas alzado
en el espejo del aceite, hace que los ojos de Nuestra Señora
parezcan mas brillantes y mas cercanos a las lágrimas. En torno a
ti, el silencio de la casa se vuelve una barrera frente a los
cercanos estampidos. Y el silencio de la casa, en torno a ti, se
nubla apenas con las respiraciones de todos los que en el,
expectantes, habitamos.
La guerra zumba por los aires, como un pájaro enloquecido que se
desdobla en cien mil pájaros. Todos buscamos el lugar más seguro. Y
la madre, serena, dice desde su ventanita de ancestral intuición:
“¡Vengan aquí, que este es el sitio donde mejor podemos
ampararnos del odio y de la muerte!”.
Y el sitio es ahí, donde parpadea esa luz inerme y amarilla, como el
corazón que pide y que confía, bajo los ojos de Nuestra Señora,
reluciente de lágrimas.
David
Escobar Galindo 18 de diciembre de 1989
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