Tu enemigo está frente a ti, inmóvil, mudo impenetrable. Sus ojos
tienen la seca transparencia de una piedra pulida. Esa enemistada ha
durado años, quizás siglos. Ya no recuerdas como comenzó, ni por
qué. Por eso es tan impenetrable el muro de aire que no puede
respirarse, por que es el aire acumulado en su propia negación. Tu
enemigo está sentado en la silla, como tú. Como tú, tiene las
manos cruzadas tu enemigo. Es una especie de armadura habitada tu
enemigo, como tú. Las dos sillas que ocupan tu enemigo y tú son
parte de una roca voladora, como en una escena de Magritte.
Quizá, entonces, estan sentados frente a frente para siempre tu
enemigo y tú. ¿Será un forma de castigo eterno? ¿Será tan solo
sublimación de la paciencia? ¿O abra aquí sólo un símbolo de
la terrible dualidad humana, que es preciso preservar? No importa. Tu
enemigo está frente a ti. No hay remedio que mirarlo frente a
frente. Y si lo miras frente a frente, por años o por los siglos,
que entre las dos miradas fijas pétreas hay un hilo de luz, y que en
ese hilo se detiene la fabulosa mariposa sorprendida, que les enseña
a ti y a tu enemigo que el muro que los separa es una imaginaria
barrera de aire muerto.
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