sábado, 19 de marzo de 2016

LA NACION PROPIA


De las escarpaduras serenas de Ahuachapán a los ocasos purpúreos del Golfo de Fonseca sólo hay unas cuantas horas. Del encaje nervioso del Pacífico a la Peña Cayaguanca hay menos horas aún. El país, geográficamente dicho, es pequeño como un monosílabo: el ¡ah! de la sorpresa ante el esplendor del cortez blanco florecido; el ¡ay! del dolor de muerte que deja un reguero de escombros en las veredas y en la memoria.
Sí, es pequeño el país, pero sólo si contamos el aire de su atmósfera. Porque si sumamos las respiraciones de sus gentes, el país se vuelve infinito. Y el aire respirado es el único que tiene destino. Nosotros, los salvadoreños, debemos cambiar muchas cosas dentro del pequeño espacio físico con que contamos. Muchos terrores, muchas desconfianzas nos dividen, ¡pero nos une el aire, nos une el aura, nos une el espíritu de la tierra! Por eso, aunque algunos no quieran, tenemos una hermandad identificable y somos un destino en marcha; es decir, una nación.
David Escobar Galindo 16 de enero 1990

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