De las escarpaduras serenas de Ahuachapán a los ocasos purpúreos
del Golfo de Fonseca sólo hay unas cuantas horas. Del encaje
nervioso del Pacífico a la Peña Cayaguanca hay menos horas aún. El
país, geográficamente dicho, es pequeño como un monosílabo: el
¡ah! de la sorpresa ante el esplendor del cortez blanco florecido;
el ¡ay! del dolor de muerte que deja un reguero de escombros en las
veredas y en la memoria.
Sí, es pequeño el país, pero sólo si contamos el aire de su
atmósfera. Porque si sumamos las respiraciones de sus gentes, el
país se vuelve infinito. Y el aire respirado es el único que tiene
destino. Nosotros, los salvadoreños, debemos cambiar muchas cosas
dentro del pequeño espacio físico con que contamos. Muchos
terrores, muchas desconfianzas nos dividen, ¡pero nos une el aire,
nos une el aura, nos une el espíritu de la tierra! Por eso, aunque
algunos no quieran, tenemos una hermandad identificable y somos un
destino en marcha; es decir, una nación.
David
Escobar Galindo 16 de enero 1990
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