El
filósofo está sentado a su escritorio, con los codos sobre la
madera pulida y a la cabeza entre las manos inmóviles. Lee un enorme
libro de caracteres antiguos. Por la ventana abierta entra la brisa
de la tarde, y revuelve suavemente los cabellos entrecanos del
filósofo, que no parece ni siquiera respirar de lo concentrado que
está.
Una
mariposa penetra por la ventana, y va a posarse como un capitular,
sobre un extremo izquierdo de la página. El filósofo sigue leyendo,
embebido. Recorre quizá, letra a letra, gota a gota, algún pasaje
intrincado sobre el enigma de la vida, sobre su fragilidad, sobre su
fugacidad extraña y aterradora. El filósofo, impávido recorre los
renglones, yendo y viniendo por el carril de las ideas ordenadas. La
mariposa sigue ahí, palpitante, inocente. De pronto, en un
movimiento maquinal, el filósofo da vuelta a la gruesa página, y
la mariposa queda atrapada para siempre en el misterio de la
sabiduría eterna.
David
Escobar Galindo 25 de enero 1990
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