No concibo ningún ambiente más misterioso y magnético que el del
lago nocturno. El agua quieta se irisa, como un cuerpo de muchacha
acariciada en la penumbra. En torno, las montañas tienen la densidad
sobrecogedora de lo inaccesible. Y arriba, rotundas y tímidas,
pugnas por filtrarse desde el infinito las estrellas anónimas.
En un impulso de serena lucidez, penetro en ese lago, caminando. ¡Me
doy cuenta, de repente, de que puedo caminar sobre las aguas! Y no es
un milagro, por que yo no soy quién para merecer ningún milagro; es
simplemente el instantáneo surgimiento de una secreta facultad. Mi
cuerpo pesa menos que a hoja seca desprendida de la rama donde duerme
un pájaro.
¡Pero todo se desvanece, porque el pájaro canta, con su canto
magnético misterioso, y entonces yo recobro todo el peso de mi
desnuda humanidad!
David
Escobar Galindo 16 de enero 1990
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