lunes, 7 de marzo de 2016

EL TRAJE DE LA COLINA


Una joven señora me dice: “A ver cuándo escribe algo sobre las campanillas moradas que se ven en los bordes de las carreteras, hoy que empieza el verano”. Y esa suave invitación me transporta, de pronto a las atmósfera de las vacaciones, quiero decir: de las evocaciones. Es noviembre, en la niñez, en la finca del cantón San Nicolás, en Apopa. El aire suena, crepitante, como una vela invisible en el puerto de la luz. No hay ni una nube en el cielo. El azul es infinito, apacible. Los grandes pinos tiemblan en la nostalgia de otros fríos más intentos, que por aquí jamás se sentirán. Se puede respirar el perfume seco de la tierra, que apenas deja levantar un velito de polvo. El niño, entretanto, vuela con sus perros, Pepino y Corsario, sobre la hierba, colina arriba.
¡Pero cuidado! Que esa colina, pedregosa y esbelta, reclinada sobre el antepecho del cerro mayor, está empezando a bordarse, sobre su mismo cuerpo, el traje de estación, con miles de frágiles carolas, lilas y moradas. Y el niño que corre colina arriba, con sus perros encendidos de la libertad, se detiene un instante coge una campanilla enredada en un arbusto, y sopla hasta que se convierte en mariposa. Es la mariposa de su primer poema.
David Escobar Galindo 15 de noviembre de 1989

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