Una joven señora me dice: “A ver cuándo escribe algo sobre las
campanillas moradas que se ven en los bordes de las carreteras, hoy
que empieza el verano”. Y esa suave invitación me transporta, de
pronto a las atmósfera de las vacaciones, quiero decir: de las
evocaciones. Es noviembre, en la niñez, en la finca del cantón San
Nicolás, en Apopa. El aire suena, crepitante, como una vela
invisible en el puerto de la luz. No hay ni una nube en el cielo.
El azul es infinito, apacible. Los grandes pinos tiemblan en la
nostalgia de otros fríos más intentos, que por aquí jamás se
sentirán. Se puede respirar el perfume seco de la tierra, que apenas
deja levantar un velito de polvo. El niño, entretanto, vuela con sus
perros, Pepino y Corsario, sobre la hierba, colina arriba.
¡Pero cuidado! Que esa colina, pedregosa y esbelta, reclinada sobre
el antepecho del cerro mayor, está empezando a bordarse, sobre su
mismo cuerpo, el traje de estación, con miles de frágiles carolas,
lilas y moradas. Y el niño que corre colina arriba, con sus perros
encendidos de la libertad, se detiene un instante coge una campanilla
enredada en un arbusto, y sopla hasta que se convierte en mariposa.
Es la mariposa de su primer poema.
David
Escobar Galindo 15 de noviembre de 1989
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