En
los tiempos de crisis profunda, la tolerancia no solo es virtud, sino
sacrificio. Cuando la histeria de los enemigos crepita alrededor, una
palabra suave y un gesto benévolo son verdaderos signos de poder,
las efectivas expresiones de la entereza del alma. Lo fácil, lo
espontáneo, lo inmediato, es el desahogo borbollante de las
pasiones. Lo difícil, lo macerado, lo visionario, es el estudio
interior de las reacciones, el cultivo de la palabra que no lástima,
la elaboración espiritual del ademán sereno que concilia. ¿Quién
puede alcanzar la clave de esta madurez? Cualquiera que se lo
proponga, y cincele día a día el mármol en bruto de la conciencia.
No es cuestión de elegidos ni privilegiados; es cuestión de seres
que trabajan en el misterio transparente de su propia perfección.
La
tolerancia es una grave y tenue luz, que nunca deslumbra pero siempre
conforta. Los grandes espíritus y los grandes pueblos se convierten,
por mutación natural, en jardines de la tolerancia. Y en la entrada
de cada uno de esos jardines hay una leyenda, en letras de oro
antiguo: “Ceder es debilidad; conceder es fortaleza”
David
Escobar Galindo 29 de marzo 1990
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