jueves, 3 de marzo de 2016

LA CATEDRAL DE PIEDRA


La inmensa catedral está rodeada callejas. Caminando distraídamente por uno de los vericuetos, hallo una puerta chica, de madera vieja y raída por los siglos, y por ella penetro al recinto. La inmensa catedral parece mayor por dentro, como si el frío quieto de la piedra y la negrura tenue de la atmósfera cerrada tuvieran algo infinito. Una cripta infinita es el mejor regalo de la paradoja; y yo, poeta, aprendiz natural de los contrastes sobrenaturales, me detengo junto al coro, que divide con ostentación de sus sillares la nave penunbrosa, y me abrazo a mi mismo, para sentirme presente en la soledad de esta interperie y augusta.
Los pasos suena apagados sobre las losas. Las ancianas de inocente luto se deslizan busncado las imágenes, totalmente invisibles, de su devoción. Una niña de la mano de su madre, prende un velita, y la coloca junto al montón de velitas encendidas, que aletean como si en ves de estarse consumiendo fueran a volar. Tengo la tentación profunda e inefable de encender una vela. Tomo una y acerco la raíz de su mecha a alguna de las tímidas llamitas. Y al hacerlo, me embarga la alucinante convicción del modo en que las almas se transmiten su fuerza vulnerable y magnética; y entoces el calor de esa vela que acabo de encender se sobrepone al frío tremendo y delicioso de la piedra.
#Libro Blanco.
David Escobar Galindo 30 de octubre de 1989

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