La inmensa catedral está rodeada callejas. Caminando distraídamente
por uno de los vericuetos, hallo una puerta chica, de madera vieja y
raída por los siglos, y por ella penetro al recinto. La inmensa
catedral parece mayor por dentro, como si el frío quieto de la
piedra y la negrura tenue de la atmósfera cerrada tuvieran algo
infinito. Una cripta infinita es el mejor regalo de la paradoja; y
yo, poeta, aprendiz natural de los contrastes sobrenaturales, me
detengo junto al coro, que divide con ostentación de sus sillares la
nave penunbrosa, y me abrazo a mi mismo, para sentirme presente en la
soledad de esta interperie y augusta.
Los pasos suena apagados sobre las losas. Las ancianas de inocente
luto se deslizan busncado las imágenes, totalmente invisibles, de su
devoción. Una niña de la mano de su madre, prende un velita, y
la coloca junto al montón de velitas encendidas, que aletean como si
en ves de estarse consumiendo fueran a volar. Tengo la tentación
profunda e inefable de encender una vela. Tomo una y acerco la raíz
de su mecha a alguna de las tímidas llamitas. Y al hacerlo, me
embarga la alucinante convicción del modo en que las almas se
transmiten su fuerza vulnerable y magnética; y entoces el calor de
esa vela que acabo de encender se sobrepone al frío tremendo y
delicioso de la piedra.
#Libro Blanco.
David
Escobar Galindo 30 de octubre de 1989
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