El
envidioso es el ser más ocupado de la tierra; no descansa ni un solo
minuto de su quemante sufrimiento. El envidiado se le aparece a cada
instante, y el envidioso lo escupe, lo golpea, lo denigra, se burla
de él, con la ira impotente de quien pelea sin cuartel contra una
alucinación de su propia pequeñez. El envidioso es pequeño de
alma, chiquito, casi invencible, pero la envidia lo hincha por
momentos, hasta el punto que parece ya va reventar, como el sapo de
la fábula. El envidioso no respira, simplemente traga aire sin
oxígeno, y por eso parece siempre cansado y acezante. Y es que el
envidioso corre mucho, detrás del envidiado, sin poder alcanzarlo
nunca. Es Aquiles queriendo alcanzar a la tortuga, en la aporia de
Zenón.
El
envidioso es un sapo tristísimo, que no duerme. Por las noches, en
su charca escondida, llorando en silencio. Y es que el envidioso es
el ser mas desdichado de la tierra por que hasta la misma dicha -que
inspira y perfecciona a los seres noble- a él se le vuelve espuma
venenos, que flota sin rumbo por los recodos de su charca.
David
Escboar Galindo 9 de enero 1990
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