Después
de un largo día de trabajo, sientes la garganta seca y los ojos
cansados. Ha sido una jornada dura, y tienes derecho a una pausa
reparadora. Pura higiene necesaria, dirá el hombre práctico. Que el
cuerpo se distienda, que la mente repose. Esta bien. Eso es lo que
necesitas. Y vas a tu casa, besas a tu mujer, acaricias ligeramente
el cabello de tus hijos, comes una cena frugal, ves algunas imágenes
o lees algunas líneas, y te acuestas y te duermes. Pero,
curiosamente, en el sueño te incorporas, en el sueño te sientes que
has estado descansando durante el día, y que es tu hora de hacer un
ejercicio entumecedor. Y corres al aire libre, y penetras en una
arboleda, y llegas a un estanque natural, y, como desnudo, te lanzas,
y nadas.
Luego,
cuando ya va amanecer, caminas de regreso y vuelves a tu cuerpo
tendido. Y, aunque no has estado quieto ni un segundo, de pronto
despiertas, descansado, sereno, como si acabaras realmente de dormir.
¡Y ya estás listo para cansarte de nuevo, en tu rutina prevesible!
David
Escobar Galindo 12 de marzo 1990
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