Tienes que hacerte a ti mismo la promesa de renacer. La forma no
importa, el tiempo no importa, la dimensión no importa: tu promesa
de renacer es necesaria para que puedas vivir hoy; para que el hoy te
resulte una inversión segura y perdurable. No es preciso para eso
que te afilies a una determinada fe. Ni siquiera es necesario que
participe Dios como testigo en este pacto contigo mismo. El, si
no lo llamas a la mesa de tu pacto, sonreirá de todos modos, sentado
sobre alguna de las rocas azules que delimitan tu memoria. La promesa
de renacer es privilegio y esperanza puramente tuyos. La razón más
firme y suave de tu afán de vivir está en esa promesa.
Por
que si te abandonas a los escasos días que hoy posees, sin dejar una
carta de compromiso con la luz guardada en el armario; si dejas que
la corriente del acaecer te vaya llevando, sin dibujar en tu cuaderno
la ruta de la espuma; si así permites, la sordera interior de irá
volviendo un cuerpo hueco, una vasija llena de paisajes borrados, un
fugaz ejercicio matinal en el gimnasio de la nada. En
cambio, si te prometes a ti mismo renacer, tendrás seguro al menos
el fervoroso y nutritivo beneficio de la esperanza.
David
Escobar Galindo 08 de noviembre de 1989
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