La
madrugada es oscura y transparente. La aldea duerme con un ojo
abierto y el otro cerrado. Un crujir de viento diáfano esta
impaciente, aguardando un sonido mayor, que le dé prestancia de lo
memorable. En una o dos casas hay encendidas luces temblorosas. Las
llamitas batallan con el aire que se cuela por las rendijas, ansiosas
de escuchar. Las voces son un murmullo que avanza y retrocede como un
oleaje. Las llamitas de los candelabros batallan también con la
impaciencia de las respiraciones. Una sombra de rostro nacarado
reparte pocillos de infusión aromática.
-¿Qué
se hizo Matías? -Pregunta Don Bernardo a Manuel Jose.
-Salió
de prisa, como si lo llamaran, padre.
En
torno de la mesa grande y pulida, se hace el silencio de los
presagios. Un silencio que se rompe de pronto con un estallido de
campanas. Don Bernardo dice algo que parece una oración con brillo
de lágrimas. Manuel José se incorpora, crecido por la intuición
augusta del destino.
David
Escobar Galindo 5 de noviembre 1990
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