sábado, 20 de mayo de 2017

Elogio a la paciencia


Estoy íntimamente convencido de que sobre la tierra no hay tan productivo como la paciencia. Para los agresivos, para los desafiantes, para Los Iracundos, la paciencia es imposible de comprender, y por eso se van enredando progresivamente en las telarañas de la desesperación. Entre tanto, le dan a la paciencia todos los calificativos imaginables: debilidad, cobardía, conformismo, indiferencia, apocamiento. ¡Qué saben ellos de la perseverancia del orfebre, de la fecundidad del relojero, de la gracia del miniaturista! Los impacientes se figuran siempre que llegarán más pronto a la meta, y por eso hacen piruetas de simio o dan saltos de canguro.
Estos señores que viven atrapados en el laberinto de la urgencia están buscando siempre un rayo para lanzarlo contra la realidad; están ansiando siempre una fórmula mágica que le resuelva de una vez los problemas. Ese rayo es siempre una bengala imaginaria, y esa fórmula es siempre una ingenua ecuación inútil. Y cuando la evidencia le descubre tal verdad, se vuelven paranoicos, que eran enemigos por todas partes. Son pobres prisioneros del demonio de la ansiedad.
La paciencia, en cambio, obra del pequeño milagro de lo cotidiano. Es el concreto pan de cada día, no es fantasioso granero de mañana. La paciencia construyó las grandes catedrales, levantó piedra piedra Los acueductos eternos. Porque la paciencia, aunque no lo parezca para los incautos y los despistados, Qué es la gran imaginativa. La que pinta la cabeza de un alfiler con una lupa inverosímil y la que descubre la estrella más remota con el telescopio descomunal. La paciencia es la maestra de la historia, el ángel guardián del arte, la institutriz de la ciencia. Es -¡qué duda cabe! - una de Las musas favoritas de Dios.
David Escobar Galindo 27 de julio de 1993

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