Los hombres no somos serenos por naturaleza, la serenidad es un aprendizaje, y eso es lo que de al mérito. Distingo aquí, desde luego, la serenidad como la actitud mesurada y ecuánime, de la rumia lenta y vengativa, que premedita el mal. La serenidad no es un don de Dios por que en realidad Dios no reparte dones, sino provee instrumentos, que cada quien debe manejar a su arbitrio. La serenidad es un ejercicio, que al principio deja dolorosos de tensión los músculos de la voluntad. Lo primero que tiene que vencer el que aspire a ser sereno es la burla o la compasión de los que se creen fuertes porque ellos tuercen brazos , difunden gritos o halan gatillos. Todos estos, los violentos , se sienten exasperados frente al sereno, y tratan de desautorizarlo, llamándolo cobarde, débil o idealista, según el grado de agresividad. Bueno que gasten adrenalina. Al fin y al caerán en sus propias trampas, como muñecos enloquecidos. Y el hombre sereno aún tendrá serenidad para auxiliarlos, si todavía es tiempo
David Escobar Galindo 17 de diciembre de 1990
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