En el agua amorosa se tiende sobre los retoños, como un líquido brazo materno. El aire suave desorden a los hilos de la lluvia, y un gran pájaro mojado pasa casi a ras de tierra, Buscando el abrigo de un alero doméstico o el dosel tembloroso de una enramada silvestre. Caminar entre los surcos, sorteando charcos, es como el viejo juego de peregrina. El agua se desliza por el rostro, como un velo de Lágrimas felices, Y de pronto una fragancia tierna y difusa colma el aire, y para el poeta agricultor el fenómeno es sencillo: se está abriendo la rosa de las nubes. Entre la lluvia mansa y nutricia florece el alma de Virgilio.
David Escobar Galindo 10 de julio de 1991
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