La
frase no es mía, sino de Borges, que la presenta como el último
mandato de una hermosisima secuencia en la que -con una fuerza de
evocativa muy respetuosa-el gran argentino reitera el estilo
incomparable del Sermón de la Montaña. “Felices los felices”
puede sonar un tanto nostálgico, como si el que lo dice estuviera
hablando de otros, yo lo quiero percibir así. Quiero entender que la
felicidad es el mandato mas positivo que existe sobre la tierra. No
concibo que el sabio y buen Dios no haya dado la libertad para el
sufrimiento, para las quejas, para el infortunio, o para la
frustración. Nos a dado la libertad para buscar el bien, para
perseguir la dicha, para encontrar la felicidad. Una felicidad
consiente, imaginativa, y realista, desde luego. Tampoco nos ha
prometido el paraíso en la tierra aunque si nos permite atisbos del
mismo.
Pero
aquí tenemos una pregunta inescapable: ¿Qué es la felicidad? ¿Qué
es ser feliz? Yo me atrevo a opinar que la felicidad posible esta en
la armonía. Y la armonía nos es un valor absoluto: La armonía le
compete a cada quien. Hay tantas formas de armonía como cabezas hay
sobre la tierra. Y la armonía no excluye sus grados inevitables de
dolor, pero tampoco sus buenas dosis de placer. Los que no pueden ser
felices, son aquellos que se niegan a la armonía. Los que pretenden
el absoluto de las sensaciones. Los que tienen la pérfida obsesión
del poder. Los que estan corroídos por la zorra de la envidia. Los
que son obsecuentes esclavos de la vanidad. Los desazonados súbditos
del egoísmo. Los espantapájaros de la soberbia. Y no pueden ser
felices por la sencilla razón en que esas condiciones están negados
a la armonía, y por consiguiente a la libertad.
Felices
los Felices, porque tienen la libertad para reconocerlo y la armonía
para practicarlo.
David
Escobar Galindo 3 de agosto de 1993
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