viernes, 19 de mayo de 2017

Mi amigo el viento


Subo por los caminos espesos d ella montaña, acompañado de cerca por la sombra inmutable de los cipreses. Desde arriba, desde los miradores intrincados de la parte mas alta del Cerro del Pilón, que según algunos es un volcán apagado, llega a observarse la brumosa extensión del mar, abierto a las soledades de la historia. El mar es suceso histórico, dije en un viejo poema escrito en Lisboa, en una noche de alucinaciones, durante un verano remoto. Estoy secretamente fatigado de la historia, con esa fatiga olorosa a pasión. Y por eso voy de vuelta en el deslumbramiento de la naturaleza, de regreso a la húmeda fantasía del bosque.
Alguien que sabe de papeles viejos y de antiguas historias de familia, me acaba de decir que en esta zona de Los Naranjos tuvieron su aposento algunos de mis antepasados. Alguien me ha dicho que estas tierras pertenecieron alguna vez a mi antepasada doña Vicenta Cuéllar de Rascón, dama colonial de robustez impresionante que quebraba espinazos de mulas y sacaba a asolear a los patios sus monedas de oro. No me interesan las anécdotas de la riqueza, que siempre acaban siendo una riqueza perdida. Lo que si siento, como un eco de campana imprevista, es el llamado de los terrenos olvidados, de los cipreses inmutables, de las visiones infinitas.
Subo por los caminos apacibles de la montaña, custodiada por la humilde solemnidad del musgo. Intuyo de pronto, que alguien me sopla cosas al oído. Es el ángel de la guarda de los emigrantes sedentarios. El custodio del hilo pródigo, que sube por los caminos breñosos de las montaña. Es simplemente el viento. Mi amigo el viento.
David Escobar Galindo 19 de julio de 1993

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