Subo por los caminos espesos d ella montaña, acompañado de cerca
por la sombra inmutable de los cipreses. Desde arriba, desde los
miradores intrincados de la parte mas alta del Cerro del Pilón, que
según algunos es un volcán apagado, llega a observarse la brumosa
extensión del mar, abierto a las soledades de la historia. El mar es
suceso histórico, dije en un viejo poema escrito en Lisboa, en una
noche de alucinaciones, durante un verano remoto. Estoy secretamente
fatigado de la historia, con esa fatiga olorosa a pasión. Y por eso
voy de vuelta en el deslumbramiento de la naturaleza, de regreso a la
húmeda fantasía del bosque.
Alguien que sabe de papeles viejos y de antiguas historias de
familia, me acaba de decir que en esta zona de Los Naranjos tuvieron
su aposento algunos de mis antepasados. Alguien me ha dicho que estas
tierras pertenecieron alguna vez a mi antepasada doña Vicenta
Cuéllar de Rascón, dama colonial de robustez impresionante que
quebraba espinazos de mulas y sacaba a asolear a los patios sus
monedas de oro. No me interesan las anécdotas de la riqueza, que
siempre acaban siendo una riqueza perdida. Lo que si siento, como un
eco de campana imprevista, es el llamado de los terrenos olvidados,
de los cipreses inmutables, de las visiones infinitas.
Subo por los caminos apacibles de la montaña, custodiada por la
humilde solemnidad del musgo. Intuyo de pronto, que alguien me sopla
cosas al oído. Es el ángel de la guarda de los emigrantes
sedentarios. El custodio del hilo pródigo, que sube por los caminos
breñosos de las montaña. Es simplemente el viento. Mi amigo el
viento.
David Escobar Galindo 19 de julio de 1993
David Escobar Galindo 19 de julio de 1993
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