Tengo las manos llenas de luz, y un hálito de tenue y diamantina fortalece hace que el corazón se me convierta en un reloj alegre y fantasioso. Es el vitral de la conciencia se me dibuja de repente una bandada de pañuelos felices. Salgo a la calle, que nadie ha barrido, que nadie ha pintado, y es como si las líneas del paisaje urbano hubieran sido subrayadas con lápiz fosforescente, con especial dedicatoria para mi. Un espontáneo olor a flores cariñosas me saluda desde ese tímido balcón qué, quién sabe por qué milagro anónimo, representa a todos los balcones que atisbé alguna vez, que soñé alguna vez. Entonces alguien me pregunta:
-¿Qué has hecho para estar así, como un gratificado por la música del aire?
Y yo, sin dudarlo un segundo, le respondo:
-¡he trabajado por la paz!
David Escobar Galindo 10 de febrero de 1992
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