El
día es resplandeciente, cruje el aire como un sinfín de hojas
arremolinadas, la luz derrama grandes tarros de miel sobre los
tejados polvorientos. Y es entonces cuando se escucha, entre el
gentío, la voz que grita: “¡Paraguas, sombrillas, sombrillas,
paraguas!...”. Un joven desgarbado, que lee un libro en una parada
de buses levanta los ojo, distraído, y piensa en voz alta: ¿“Por
qué venden paraguas si todavía no es invierno?” Y un anciano
pequeñito y cetrino, que esta en la fila junto a él le responde en
vos baja, como si le diera una explicación de abuelo: “Los
paraguas hay que comprarlos antes que vengan las primeras
lluvias...”.
El
joven hace un gesto de arrogancia adolescente, respira hondo, y
levanta la cara hacia el ardiente sol. El anciano parece envolverse
más en su saco raído y demasiado grande, como si tiritara, azotado
por la invisible llovizna.
David
Escobar Galindo 06 de junio 1990
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