El
día pasa, y tú tienes que guardar su luz. Cada día tiene su propia
claridad, la distancia, irrepetible; y esa luz no tiene que
desaparecer con el sol, porque no es la luz del sol, sino la lumbre
del día vivido. Repito, para interiorizar la expresión: el día
vivido. El día que paso por ti, o el día que tú pasaste, no
sabemos muy bien, el tiempo siegue siendo un misterio, pese a todo.
Pero al decir “el día vivido” las dos posibilidades se
entrelazan, hasta volverse una sola: la de la combustión vital, la
del ejercicio reiterado delo perecedero, que se consume como materia,
pero sobrevive o es capaz de sobrevivir como energía de la memoria,
como caliente animación del ser.
Guardar
la luz del día vivido es simplemente un acto de conciencia. Un
ahorro de vida que servirá tal vez para hacer más viva y mas serena
la luz de mañana.
Hasta
que llegue el día de la combustión total, en el toda la luz
acumulada se convierta en estrella.
David
Escobar Galindo 01 de junio 1990
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